
Ayer la derecha ganó las elecciones de Chile y encolumnada tras el empresario multimillonario Sebastián Piñera recuperó el gobierno en la nación trasandina.
Piñera derrotó al candidato de la Concertación, Eduardo Frei, por un estrecho margen.
De esta manera, la derecha vuelve al poder en Chile, del que había sido desplazada por la concertación de fuerzas progresistas tras la caída de la dictadura de Augusto Pinochet.
El golpe de Estado en Chile fue el único en América del Sur en la década del 70 que se dio para derrocar un gobierno de izquierda, el gobierno de Salvador Allende.
La dictadura encabezada por Augusto Pinochet fue alentada y apoyada desde el primer momento por los empresarios y los sectores acomodados de Chile y ese apoyo se mantuvo luego de su caída y la transición hacia la democracia.
La transición chilena fue una de las más complejas de la región y los sectores pinochetistas a pesar de perder las elecciones y el gobierno, mantuvieron importantes espacios de poder en la sociedad. Esos espacios de poder no se limitaron a las fuerzas armadas o los sectores empresariales y conservadores; fueron y son muy importantes en sectores de capas medias y en los medios de comunicación.
La Concertación fue la respuesta de parte de la izquierda chilena, el Partido Socialista y el centro político, representado por la Democracia Cristiana y otros partidos menores, para presentar en las condiciones de la transición de ese país una alternativa real de poder. Desde el principio, la Concertación excluyó a otros sectores de la izquierda y el movimiento popular chileno. Nunca la Concertación expresó unitariamente a la izquierda y al progresismo chileno, más allá de avances indudables, durante el último gobierno encabezado por Michelle Bachelet y acuerdos puntuales.
El desempeño de los gobiernos de la Concertación, más allá de los matices y de los cuestionamientos, ha sido bueno y gozan, sobre todo los dos últimos, el de Ricardo Lagos y el de Michelle Bachelet, de una muy buena opinión pública; la actual presidenta tiene un altísimo porcentaje de respaldo popular.
Sin embargo, eso no ha sido suficiente. La derecha ha logrado luego de varios intentos vanos, volver a ocupar La Moneda.
Varios elementos parecen haber conspirado contra el progresismo en Chile y facilitado el triunfo de la derecha.
La imposibilidad del progresismo y la izquierda de presentar un frente común y unitario es uno de ellos. El desprendimiento más notorio y mencionado en la Concertación es el del ex socialista Marco Enríquez Ominami, pero también hubo otros desde la Democracia Cristiana. Tampoco se logró avanzar en acuerdos políticos y programáticos para incorporar a sectores de la izquierda como el Partido Comunista y otros, excluidos desde el principio de la Concertación. La victoria de la derecha en Chile vuelve a mostrar que la más amplia unidad posible de la izquierda y el progresismo son una condición importante para disputar el gobierno a la derecha. La elección de la candidatura de Eduardo Frei fue otro elemento que impidió un triunfo del progresismo chileno. Otros candidatos parecían contar con un apoyo popular mucho más claro, sin embargo primó la lógica de los acuerdos de cúpula, de los equilibrios internos entre los dos grandes partidos de la Concertación y no la sintonía con la gente. Otro elemento presente es que no hay transmisión automática entre buena gestión de gobierno y amplio respaldo a una figura, en este caso Bachelet, y votos para la opción electoral afín. Para ello es imprescindible una fuerza política que represente una propuesta clara, trascienda lo electoral y ofrezca una garantía clara de continuidad y proyección de futuro.
Finalmente está la innegable proyección y poder de la derecha que en Chile además apeló a figuras por fuera de la política para disputar el gobierno. Sebastián Piñera es un hombre del pinochetismo, amasó su extraordinaria fortuna de más de 1.200 millones de dólares durante ese período y más de la mitad del pueblo chileno lo votó, no es un tema para tomar a la ligera.
Tiene que ver, seguramente, con el concepto de éxito, con los paradigmas sociales que priman y que son dominantes más allá de los avances que en otros terrenos se hayan registrado.
La derecha ha vuelto a La Moneda, esta vez no lo hizo con tanques y bombardeos como en 1973, eso es positivo y es parte de la nueva realidad del continente.
Pero es indudablemente un traspié y nada menor en la perspectiva de un continente integrado, más justo y soberano.
La victoria de Piñera, el Berlusconi chileno, recuerda que el camino de las transformaciones progresistas y de la unidad de América Latina hacia su verdadera independencia no es lineal ni está exento de retrocesos y contramarchas.
También que la derecha y las fuerzas sociales del status quo se reagrupan y resisten.
La batalla política por las transformaciones es diaria y requiere una dimensión política y ciudadana, el buen gobierno, la buena gestión económica es imprescindible pero no suficiente.
Citado de La República: http://www.larepublica.com.uy/editorial/396935-el-campanazo-de-chile

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